Taller Corona: el oficio de devolver bicicletas a la calle
Foto: Jesús Molina
Jorge Reyes Barrera llegó al negocio en 2010 sin saber reparar una bicicleta; hoy mantiene vivo el taller que su tío atendió durante décadas
En el Centro de Ciudad Juárez, junto a la Catedral, hay un local en el que resulta difícil caminar sin rozar alguna bicicleta, llanta o refacción.
En el techo cuelgan rines y neumáticos de tubos que superan los cinco metros de altura; en el piso, las piezas forman pasillos estrechos y, detrás del mostrador, Raúl Martínez Guzmán recibe las bicicletas que llegan para cambiarles una cámara, ajustar los frenos o reparar un rin.
El Taller Corona abre de lunes a sábado de 9 de la mañana a 5 de la tarde y los domingos de 11 de la mañana a 4 de la tarde.


Es el Taller Corona, un negocio que comenzó en 1960 y que Jorge Reyes Barrera tomó en sus manos hace 16 años.
Jorge no llegó a ese lugar porque fuera su oficio, era médico y tenía su propio consultorio. Pero en 2010, después de que falleció su tío (fundador del taller), recibió una llamada de su familia para preguntarle qué harían con el negocio.
Su tío había llegado a los 90 años y ya no podía trabajar como antes, había poca mercancía y las herramientas comenzaban a faltar, fue ahí cuando Jorge decidió ir, pagar lo que estaba pendiente y probar suerte.
“Déjame ir, voy a ver si funciona. Yo no me dedicaba a eso. Si veo que funciona, me quedo”, recuerda que pensó en aquel momento.
Y así fue como se quedó. Primero comenzó a comprar herramientas y mercancía, después modificó el local y poco a poco el taller volvió a tener movimiento.
La propiedad también ayudó: su tío era dueño del inmueble, por lo que el negocio pudo mantenerse en el mismo sitio mientras Jorge lo hacía crecer.




Ahora el movimiento se nota desde la puerta. Durante unos minutos llegan clientes que buscan una cámara, necesitan aire para las llantas o preguntan por un neumático nuevo. Jorge observa ese flujo y lo relaciona con algo que ve todos los días en las calles del Centro: cada vez hay más personas que utilizan la bicicleta para trasladarse.
Entre sus clientes hay trabajadores que encuentran en la bicicleta una forma práctica de llegar a sus empleos.
Jorge cuenta que algunos la utilizan para avanzar parte de su recorrido y después la suben al transporte público para continuar el trayecto y es una manera de combinar ambos medios de transporte sin dejar la bicicleta en casa.
Para Jorge, ese tipo de usuario ayuda a explicar parte del movimiento que tiene el taller.
La bicicleta se convierte en una herramienta para llegar al trabajo y resolver los traslados cotidianos, mientras que el transporte público permite continuar el recorrido.
Él mismo observa que muchas personas prefieren pedalear porque ciertos trayectos pueden hacerse más rápido que en automóvil.
Jorge utiliza poco la bicicleta. Su papel dentro del negocio es otro. “A mí me gusta manejarlo como una empresa”, dice.


Mientras Raúl se encarga de las reparaciones, Jorge busca proveedores, compara precios, compra mercancía y lleva la administración.
Hace dos meses viajó a la Ciudad de México y compró alrededor de 60 mil pesos en productos, pero también aprovechó el viaje para visitar talleres y observar cómo trabajan, regresó con ideas para reorganizar el negocio.
El local contiguo será utilizado para ampliar la venta de mercancía, mientras que el espacio actual quedará principalmente para las reparaciones.
También planea instalar vitrinas y casilleros para aprovechar mejor el lugar. Algunas de esas ideas vienen precisamente de los establecimientos que conoció durante su viaje.
Pero no quiere copiar por completo el modelo que encontró en la capital.
Allá vio negocios dedicados principalmente a vender bicicletas y refacciones, sin servicio de reparación, pero sin lugar a dudas el Taller Corona conservará esa parte.


Para Jorge, arreglar una bicicleta también es una forma de evitar que el cliente se vaya.
Si alguien llega con un rin dañado, tiene varias opciones: comprar uno nuevo, adquirir uno usado o reparar el que ya tiene y lo mismo ocurre con otras piezas.
“Yo no quiero que la gente se vaya”, explica. Incluso prefiere reparar una pieza por un precio menor antes que perder al cliente por decirle que no puede ayudarlo.
Esa misma idea está detrás de los precios. Jorge aprovecha las compras de mayoreo para ofrecer algunas refacciones más baratas que otros establecimientos.
Una cámara que en otros lugares puede costar 70 u 85 pesos, él procura venderla en alrededor de 60. No busca solamente vender barato; también quiere que el producto funcione y que el cliente tenga una razón para regresar.
“Yo quiero mantener los precios lo más económico que se pueda, para tener clientes cautivos”, dice. Si una reparación tiene garantía, asegura que debe quedar bien. Y si no queda, el cliente puede regresar. Para él, esa relación es parte del negocio.
Raúl Martínez Guzmán es quien convierte esas piezas en bicicletas que pueden volver a la calle.


En el taller tiene taladros, martillos, marros, cinceles, pulidoras y una máquina para nivelar rines. La bicicleta entra detrás del mostrador y, entre grasa y herramientas, comienza el trabajo. Jorge se queda con los números, los proveedores y los planes para el siguiente cambio.

El Taller Corona conserva así dos tiempos distintos en el mismo espacio. Está la historia que comenzó en 1960 con el tío de Jorge y están los planes para ampliar el negocio y darle otra distribución. En medio quedan las bicicletas de quienes cruzan el Centro para trabajar, las que se reparan para seguir rodando y las de quienes combinan el pedaleo con el transporte público para completar sus recorridos.
Jorge llegó hace 16 años sin saber si aquel negocio podía volver a funcionar. Tenía un consultorio y otra profesión, pero decidió probar antes de vender o cerrar el taller. Con el tiempo, aquella decisión dejó de ser una prueba.
Hoy sigue administrándolo, busca nuevas formas de hacerlo crecer y prepara otro espacio para la mercancía. La medicina quedó como una actividad más esporádica; el taller, en cambio, terminó convirtiéndose en su proyecto.
Después de 66 años de historia, el negocio sigue en el mismo Centro donde comenzó, aunque ahora Jorge quiere darle más espacio, pues afirma “Aquí ha crecido mucho y va a crecer más”, afirma.

