
CUATRO HORAS PERDIDAS: El colapso silencioso de la movilidad en Ciudad Juárez
Pasan los minutos entre espera, acoso y rutas saturadas; la rutina que miles de juarenses repiten sin que el sistema cambie
En Ciudad Juárez, moverse se ha convertido en una forma de desgaste cotidiano.
No es una exageración ni una metáfora; son horas reales, dinero real y energía real que se escapan todos los días en traslados largos, rutas saturadas y esperas interminables.

“En Ciudad Juárez lo único que ha permanecido es la deficiencia del transporte público. Pasan las décadas, pasan los cambios y algo tiene el transporte público que no es eficiente”, afirma el sociólogo Luis Manuel Lara.
Y mientras pasan las décadas, también pasan las horas. Cuatro cada día. Perdidas.
YA LEVÁNTATE, YA LEVÁNTATE…
Son las 6:20 de la mañana. Todavía está oscuro en Parajes de Oriente, uno de los fraccionamientos más poblados del suroriente de la ciudad.

La señorita K camina rápido. No por gusto, sino por necesidad.
Sale de su casa cuando la ciudad apenas bosteza. Recorre calles sin banquetas continuas, esquiva baches, atraviesa tramos mal iluminados.
Su destino es la estación del sistema troncal conocido hoy como Juárez Bus. Su rutina; resistir.

Lo que en papel es un trayecto “normal” termina convertido en dos horas de espera, empujones y resignación. El camión va lleno. Siempre va lleno.
El crecimiento acelerado del suroriente trajo casas. Miles. Tan solo en Parajes de Oriente habitan más de 45 mil familias, según estimaciones municipales derivadas del crecimiento habitacional de la última década.
Lo que no llegó con la misma velocidad fueron suficientes rutas, unidades ni frecuencias dignas.
La primera media hora del trayecto fluye. Luego empieza el verdadero obstáculo; las estaciones troncales saturadas.
La señorita K deja pasar uno. Luego otro. Luego otro más. Se sube hasta el cuarto camión. No porque quiera. Porque no hay opción.
UNA CIUDAD QUE CRECIÓ SIN MOVERSE MEJOR
De acuerdo con datos del INEGI, Ciudad Juárez supera el millón y medio de habitantes. El crecimiento urbano hacia la periferia, especialmente al suroriente, incrementó la distancia entre vivienda y empleo.
Diagnósticos del Instituto Municipal de Investigación y Planeación (IMIP) han advertido que la expansión territorial elevó los tiempos promedio de traslado y profundizó la desigualdad en el acceso a oportunidades.

El problema no es únicamente de unidades insuficientes. Es estructural.
Según el Atlas de movilidad cotidiana en Ciudad Juárez, antes de la pandemia y antes de la operación total del BRT-2, alrededor del 11% del salario obrero se destinaba al transporte. Más de la mitad de los trabajadores optaba por automóvil propio. No por comodidad, sino por desesperación.

Más autos significan más tráfico.
Más tráfico significa más retrasos.
El círculo se repite.
LA DEUDA HISTÓRICA
El transporte público en Juárez carga con una historia larga y accidentada.
En 2013 nació el Vive Bus.
En 2018 se convirtió en Bravo Bus.
En 2022 adoptó el nombre actual: Juárez Bus.
Cambió el nombre. Cambió el color. Cambiaron los logotipos.
Pero la experiencia del usuario no cambió al mismo ritmo.
El carril confinado prometía modernidad. Hubo abandono, rehabilitación y nuevas unidades articuladas.
Se eliminaron rutas tradicionales y se habló de eficiencia e inclusión. Sin embargo, en la práctica, el usuario sigue esperando.

El pasado 10 de febrero se anunció una iniciativa para incorporar más de 400 camiones eléctricos al sistema. Una apuesta tecnológica ambiciosa.
Pero mientras las promesas avanzan en conferencias y boletines, la deuda diaria la siguen pagando los usuarios con tiempo y desgaste.
El problema del transporte público en Ciudad Juárez no es solo que “no funciona bien”, sino que tiene múltiples causas estructurales, operativas y sociales que lo han convertido en un servicio deficiente, desigual y poco confiable para gran parte de la población.
Gran parte del sistema opera de manera irregular o informal; cerca del 60 % de los camiones no cumple con la normativa vigente, ya sea por modelo, antigüedad o documentación, lo que implica unidades en mal estado o sin permisos oficiales.
Se identifican rutas que funcionan sin concesión ni autorización oficial, lo que fomenta el transporte “pirata” que no responde a criterios técnicos ni de servicio social

Durante las horas pico, muchos usuarios esperan 30–40 minutos o más porque no hay suficientes autobuses operando en las rutas principales.
Esto se traduce en unidades saturadas, retrasos, incomodidad y tiempos de traslado muy largos.
El actual sistema está en manos de concesionarios privados, lo que genera decisiones basadas en rentabilidad y no en las necesidades reales de movilidad de la ciudad.
Esto significa que no siempre se ajustan rutas, frecuencias o inversiones de acuerdo con cómo la gente realmente se mueve por la ciudad.
En sectores como el suroriente de la ciudad, vecinos deben caminar 1–2 km para tomar un autobús que los conecte a las rutas principales, lo que afecta especialmente a estudiantes y trabajadores.
Esto evidencia que no solo es insuficiente, sino mal distribuido.
El transporte público en Ciudad Juárez enfrenta un problema sistémico que combina informalidad, falta de regulación, insuficiencia de unidades, mala planificación y un modelo privatizado que no siempre prioriza al usuario.
Por eso muchos habitantes optan por vehículos particulares, taxis o aplicaciones, porque el transporte colectivo no les ofrece comodidad, cobertura o certeza en sus trayectos diarios, pero el impacto en el bolsillo.
QUIERO SALIR SOLO 10 MINUTOS ANTES
Al terminar su jornada laboral frente al Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez, comienza la parte más pesada: regresar.
Decenas de personas esperan lo mismo: llegar a casa.
El desgaste no es solo físico. Es emocional.

“Se puede presentar frustración o desesperación. No es solo la espera, es el tiempo de anticipación con el que debes salir de casa para alcanzar la ruta”, explica la psicóloga Nayeli Álvarez.
La señorita K quisiera salir diez minutos antes del trabajo. Solo diez. Pero eso implica arriesgarse a no alcanzar camión.
A veces el operador abre puertas y nadie baja. El camión ya va rebasado. Las alimentadoras bloquean el flujo. El reloj avanza. La paciencia se termina.
La transformación prometida se diluye entre puertas que no se abren.
OJALÁ NADIE SE BAJE CONMIGO
En el trayecto no solo hay cansancio. También miedo.
La señorita K baja la voz cuando habla de acoso. Cuenta que ha sufrido insinuaciones de usuarios. Comentarios de hombres que se acercan demasiado. Un conductor que mandó “recados” a través de personal de seguridad.

El transporte no solo es tardado. También es vulnerable.
En ciudades diseñadas sin perspectiva de género, los espacios públicos amplifican el riesgo para las mujeres. Luis Manuel Lara lo resume con crudeza: la infraestructura urbana reproduce desigualdades.
El regreso a casa no es descanso. Es resistencia.
EL COSTO DE MOVERSE
Cuando el transporte falla, la alternativa es pagar más.
Un viaje por aplicación puede superar los 200 pesos desde el suroriente hasta el centro o la zona tecnológica.
Es inviable para la mayoría de trabajadores.

La Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU) ha advertido en estudios nacionales que cuando el tiempo y el costo de traslado rebasan ciertos umbrales se genera “pobreza de movilidad”; personas que no pueden acceder plenamente a empleo, educación o servicios por limitaciones de transporte.
En Juárez, esa condición se siente en cada estación saturada.
SÉ QUE YA LLEGUÉ CUANDO VEO A MIS PERRITOS
Son las 7:15 de la tarde cuando por fin pisa su colonia.
Cuatro horas del día quedaron atrapadas entre estaciones, transbordos y camiones llenos.
La reciben unos perros callejeros a los que alimenta. Uno por uno. Es el momento más ligero del día. El único que no depende de horarios ni de rutas saturadas.
Mañana, a las 6:20 a.m., volverá a caminar en la oscuridad.
Volverá a esperar.
Volverá a apretarse entre desconocidos.
Volverá a calcular el tiempo como si fuera dinero.
Con la esperanza sencilla de que los perritos la esperen, que nadie la acose y que, quizá, algún día, el camión llegue a tiempo.
En Juárez pasan los años.
Lo que no pasa es la deficiencia del transporte público.
Y mientras no cambie la estructura que sostiene la movilidad urbana, cada día seguirá costando cuatro horas de vida.

