
Cuando una mascota muere, también se rompe una familia
Especialista advierte que la pérdida de un perro o un gato puede detonar depresión, enojo, soledad e incluso duelos prolongados si no se atienden.
Perder una mascota no es una “tristeza menor”. Para muchas personas, significa quedarse sin compañía, sin rutina, sin consuelo y sin ese vínculo afectivo que, en no pocos casos, sostenía buena parte de su vida emocional.
En Ciudad Juárez, la tanatóloga Blanca Carrasco Loya, directora del Instituto de Logoterapia y Tanatología, advierte que el dolor por la muerte de un perro o un gato puede ser tan profundo como el que deja la pérdida de un familiar o de un amigo cercano. Y cuando ese duelo se minimiza, el impacto puede quedarse atorado durante meses o años en forma de tristeza, enojo, amargura, soledad o depresión.
La especialista, cuya institución tiene 25 años trabajando en Juárez, sostiene que el duelo no depende de si se perdió a una persona o a un animal, sino del peso afectivo que ese ser tenía en la vida de quien se queda.
“El duelo tiene que ver con lo que significaba afectivamente para la persona. Puede ser un ser querido, un amigo o también pueden ser las pérdidas de salud. Incluso pueden ser pérdidas materiales que también generan duelos”, explicó.
Y subrayó que las pérdidas que suelen parecer “menores” para los demás pueden tener consecuencias devastadoras para quien las vive.
“También puede ser pérdida de la seguridad, pérdida de mascotas, pérdidas de fe, de empleo, divorcios o cuando los hijos se van. Hay muchísimas clases de pérdidas y tienen que ver con lo que significaba para la persona”, abundó.
No reemplaza a un hijo, pero sí llena un vacío
La tanatóloga explicó que en muchos hogares una mascota deja de ser vista como animal de compañía y pasa a convertirse en parte esencial del núcleo familiar.
Eso ocurre, por ejemplo, en parejas que no tuvieron hijos, en personas adultas mayores que viven solas, en personas viudas o alejadas de sus familias, y también en niñas y niños que encuentran en un perro o un gato el afecto, la lealtad o la atención que a veces no reciben en casa.
“Cuando fallece un perrito o la mascota que se tiene sí se siente un duelo importante, aunque generalmente tendemos a ponerle en una categoría inferior de duelo”, señaló.
Y añadió: “Para una pareja que no ha tenido hijos, aunque la mascota no sustituye a los hijos, para ellos llena en parte ese vacío que se tiene y llegan a querer a sus mascotas como si fueran sus hijos”.
Esa dimensión afectiva explica por qué, para muchas personas, la muerte de una mascota puede desordenar por completo la vida cotidiana. No solo desaparece el animal: desaparecen también la rutina, el recibimiento en casa, la compañía, la sensación de ser esperado por alguien.
Carrasco Loya lo resumió así: “Su perrito siempre le va a recibir contento, siempre va a estar con él”.
El duelo sí puede estancar emocionalmente
Uno de los puntos más delicados que planteó la especialista es que el paso del tiempo, por sí solo, no resuelve el dolor.
“Sí puede ser que el dolor pase con el tiempo, pero en muchos casos si no se hace nada, te puedes quedar estancado en la tristeza, en el enojo o la amargura de la pérdida, o incluso en la soledad. No solamente es el tiempo. El tiempo no cura solo. Hay que trabajar ese proceso de duelo”, advirtió.
Esa es la razón por la que la tanatología busca acompañar a la persona para que reconozca lo que está sintiendo, entienda la pérdida y aprenda a vivir con ella sin quedar atrapada en el sufrimiento.
De acuerdo con Carrasco, el trabajo empieza por algo elemental: escuchar.
“Escuchar, primeramente. Uno de los objetivos del duelo primeramente es que la persona reconozca las emociones”, explicó.
Añadió que muchas veces quien está en duelo no identifica con claridad lo que le ocurre. Puede sentir enojo, abandono, vacío o tristeza profunda, pero no siempre logra nombrarlo. O peor: puede empezar a somatizar.
“A veces se queda la persona en negación y no reconoce esa pérdida, entonces empieza a somatizar, a sentirse enferma y no sabe que es por una pérdida”, dijo.
El dolor se parece al de una pérdida humana
La tanatóloga fue enfática: el proceso emocional por la muerte de una mascota comparte los mismos componentes que se observan tras la muerte de una persona cercana.
“La negación, el enojo y todo lo que se ve en una pérdida humana, se ve igual con una mascota”, afirmó.
Por eso insistió en que el duelo por un animal de compañía no debe ser ridiculizado ni minimizado.
“Se recomienda no minimizar el dolor, hablarlo, respetar el duelo de esa pérdida”, comentó.
En ese acompañamiento, dijo, es clave identificar qué lugar ocupaba esa mascota en la vida de la persona: si era compañía cotidiana, sostén emocional, refugio afectivo o vínculo central dentro de una familia fracturada o solitaria.
“Siempre investigamos qué tanto significaba esa mascota para la persona, qué área de la vida, cuánto significaba en la vida de personas solas, personas mayores o con familias disfuncionales o los niños”, indicó.
Y remató con una frase que explica la dimensión del problema: “Para un niño es mucho perder un perrito”.
Cuando el entorno no entiende el dolor, el duelo se complica
Carrasco también compartió que, en algunos casos, el sufrimiento por la muerte de una mascota no solo enfrenta la pérdida, sino también la incomprensión del resto de la familia.
Recordó el caso de una familia que decidió velar a su perro fallecido dentro de la casa, con velas y un ritual de despedida. La escena terminó en conflicto.
“La mamá y el hijo procedieron a velar al animalito, que pusieron en la mesa de la sala con velas y todo el ritual. Llegó el papá, quien se molestó tanto que tomó el cuerpo del perrito y fue a tirarlo”, contó.
Ese tipo de reacciones, lejos de aliviar, profundizan la herida, porque mandan el mensaje de que ese dolor “no vale”, cuando para quien lo vive puede ser una pérdida central.
Recolocar la pérdida, no olvidar
La meta del acompañamiento tanatológico no es borrar el recuerdo ni forzar a la persona a “superarlo rápido”, sino ayudarle a recolocar esa ausencia en su vida emocional.
“De esa manera, poco a poco van teniendo control sobre esas emociones, de tal forma que al final del proceso, la persona llega también a la aceptación afectiva de aquello, que no significa que se olvide a la persona ni a la mascota ni al ser querido, sino que recoloca la pérdida en algún lugar de su corazón y aprende a vivir con la pérdida”, explicó.
Es, en otras palabras, aprender a seguir sin negar que algo importante se rompió.
Una disciplina que en Juárez lleva 25 años abriéndose paso
Carrasco explicó que la tanatología es considerada una rama de la psicología y que su desarrollo moderno está ligado a la labor de la doctora Elizabeth Kubler Ross, médico-psiquiatra que ayudó a extender esta mirada sobre la muerte y las pérdidas desde la década de los 70.
En Juárez, dijo, su instituto fue pionero en llevar esta atención a la comunidad.
“Fuimos los pioneros de tratar la tanatología aquí en Juárez desde hace 25 años”, afirmó.
Además de atender personas de manera presencial y en línea en distintas partes del país, el instituto también forma acompañantes en duelo mediante un diplomado de 8 meses.
“Capacitamos a la gente para que con esas herramientas ellos ayuden a otros, y los capacitamos con un diplomado que dura 8 meses y donde se ven las principales herramientas básicas para acompañar de forma clínica el duelo”, describió.
En una ciudad donde la violencia, la soledad y la fragmentación familiar también dejan marcas silenciosas, el duelo por una mascota suele pasar desapercibido. Se le resta importancia, se le trata como exageración o se empuja al cajón de las emociones que “no deberían doler tanto”.
Pero para quien pierde a ese animal que lo esperaba diario, que dormía a su lado, que llenaba la casa de movimiento o que era su única compañía real, la ausencia no es pequeña.
Y negar ese dolor no lo desaparece. Solo lo encierra.

