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Los Bendecidos, un oasis en el desierto de Juárez

Por Jesús Molina | 6:30 pm agosto 5, 2026

Foto: Cortesía

El gran colorido del lugar sobresale ante un entorno que se ha ido adaptando al cambio no sólo personal, sino empresarial y comunitario

Con el mullet bien marcado, un collar al estilo hawaiano colgándole del cuello y la gorra puesta, Sergio Hernández Martínez, el Güero, se mueve entre la carpa, las mesas y la camioneta naranja como si ese parque le perteneciera desde siempre.

A su alrededor, más de 10 jóvenes de entre 16 y 21 años, todos de la colonia Tierra y Libertad, hacen que el negocio cobre forma entre el olor a mariscos, el ir y venir de la clientela y el ruido de un espacio que, hace no mucho, estaba apagado.

Negocio que impulsa la convivencia vecinal y deportiva

A un costado de la camioneta naranja en la que operan, el movimiento de Los Bendecidos llama la atención desde antes de abrir.

Sobre la unidad, pintada con múltiples leyendas del negocio, aparece un mural que simula un atardecer: una virgencita tradicional, una palmera, una franja de mar y un camarón con lentes de sol montado en una moto acuática, mientras un avión cruza el cielo con una bandera del mismo nombre.

A unos metros, el local comienza a cobrar vida apenas se monta la carpa, se acomodan las mesas y se enciende el aire a su máxima potencia para recibir a la clientela.

En cuestión de minutos, un cliente ya está pidiendo un tosticeviche acompañado de una piña colada hecha en el momento.

De acuerdo a Sergio el proyecto no nació como un restaurante fijo, hace cuatro años, él y su esposa comenzaron con un modelo de pedidos a domicilio a bordo de un automóvil que recorría la colonia.

Con el paso del tiempo, y ante la respuesta de la gente, decidió dar un giro al negocio: invirtió en una camioneta adaptada como cocina y apostó por un punto fijo a una cuadra de su casa.

“Yo dije: vamos a pegarle por donde sea”, recuerda sobre esa etapa en la que el negocio todavía se movía entre improvisación, trabajo y esfuerzo propio.

Pero el local no sólo significó cambiar de modalidad; también implicó reconciliar el presente con el recuerdo de un parque que, hace una década, era un sitio de encuentro para la colonia.

Sergio cuenta que allí crecieron torneos, actividad y movimiento, pero con los años el espacio cayó en el abandono.

“Aquí nací en esta colonia” y recuerdo que cuando era adolescente el parque estaba en “condiciones pésimas”: sin alumbrado, sin infraestructura suficiente y con canchas que no se parecían a las que hoy intenta sostener con el apoyo de los habitantes del sector.

De esa nostalgia nació también la idea de organizar eventos para devolverle vida al espacio

Sergio empezó a promover torneos de fútbol con inscripciones benéficas para perros de la colonia y, además, sumó música en vivo.

En uno de los primeros eventos, una banda se ofreció a tocar gratis y, de un día para otro, la tardeada reunió a unas mil personas. “No sé cómo hemos tenido tanta respuesta”, admite.

En otro torneo, ya con más planeación, participaron 16 equipos y la respuesta volvió a rebasar las expectativas.

La clave, dice, está en que no trabaja solo, los jóvenes que lo acompañan no fueron contratados al azar, sino que se acercaron por iniciativa propia, en su mayoría tienen entre 17 y 20 años, no estudian pero buscan una forma de trabajar cerca de casa, sin necesidad de transporte.

“Aquí les damos de comer”, cuenta. Y resume la lógica del grupo con una frase que lo define todo: “No es como que seamos solo un trabajo, prácticamente somos un equipo”.

Aunque un evento termine de madrugada, asegura, todos se quedan a limpiar con la camiseta puesta; ese sentido de pertenencia también cambió el rumbo del negocio.

Sergio recuerda que, cuando decidió montar el proyecto en el parque, éste ya no era el mismo de su infancia. No había luz, el ambiente se había vuelto hostil y por las noches casi nadie salía de casa.

Con el tiempo, dice, la gente comenzó a volver. “Llegaron Los Bendecidos, empezamos a hacer peticiones, empezamos a hacer videos y ya la gente como que empezó a darle la nota al parque”, explica.

Hoy, asegura, al sitio llegan familias, jóvenes y hasta visitantes de zonas alejadas de la ciudad.

El crecimiento, sin embargo, no se explicó únicamente por la comida o los eventos, sino también invirtió en mejorar el espacio: compró una traila para brindar un mejor servicio, instaló un baño para los clientes y acondicionó el área para que el parque fuera más cómodo.

“Yo quiero que el área esté agradable porque si está agradable va a venir más gente”, afirma.

El baño, asegura funciona gratis durante el horario de servicio y cuenta con papel, agua y jabón, algo que, según él, otros parques no ofrecen, pues requiere de mantenimiento.

Los tiempos libres se redujeron y su vida quedó marcada por el negocio

Pero en medio de ese desgaste también encontró recompensa, porque al lugar cada vez llegan más personas “Me da un chingo de gusto que venga la raza y me platique lo que vio en el video”, dice.

Ese eco en redes sociales fue fundamental para que Los Bendecidos dejara de ser un proyecto de colonia y comenzara a atraer visitantes de otras zonas de Juárez.

El platillo que más salida tiene, cuenta, es el tosticeviche, pero también se venden bien los cócteles, los clamatos y las piñas coladas, que se volvieron uno de los distintivos del negocio.

La gente llega por la comida, pero se queda por la experiencia: la atención, el aire, la música, el espacio abierto y la sensación de que el parque volvió a ser un lugar para convivir.

Sergio insiste en que nada de eso lo mueve el dinero. “A mí me gusta”, dice con naturalidad, y reconoce que a veces ni siquiera obtiene ganancia.

Aun así, le interesa que el parque se convierta en una plataforma para nuevos talentos.

Su sueño es construir un templete, tener un mejor sonido y organizar conciertos de artistas locales.

“Qué chulada que se volviera un punto emblemático donde los nuevos talentos salen”, explica. También quiere una segunda sucursal y seguir creciendo, pero sin perder la lógica con la que empezó todo: levantar la colonia desde adentro.

Ese impulso también lo ha llevado a tocar la puerta de las autoridades.

Sergio estudió administración pública en la UACJ y, aunque no concluyó la tesis, dice que eso le dio herramientas para gestionar apoyos.

No se asume como militante ni abanderado de ningún partido; más bien, dice que pide lo que necesita y que, si alguna dependencia ayuda, la reconoce.

“Yo intento sacarle todo lo que se pueda al gobierno”, afirma sin rodeos. Para él, el dinero público debe traducirse en mejoras para la colonia, especialmente después de años sin alumbrado y sin mantenimiento suficiente.

Hoy, Los Bendecidos ya no es sólo un puesto de mariscos: es un punto de encuentro, un negocio que se volvió refugio, una cancha improvisada para los sueños y una apuesta por devolverle al parque la vida que alguna vez tuvo.

Sergio lo resume con la misma mezcla de crudeza y orgullo con la que habla de todo lo demás: el proyecto nació para comer, pero también para levantar el barrio. Y, por ahora, parece que lo está logrando.

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