Eduardo no bolea zapatos, los deja “contentos” y brillosos
Foto: Cortesía
En la esquina también le ha tocado atender a varios presidentes municipales, entre ellos a Francisco Villarreal, quien le hizo la venta de ese día
Eduardo Rodríguez lleva 35 años lustrando zapatos en la misma esquina frente al Palacio Municipal de Ciudad Juárez.
Llegó ahí a los 26 años, aprendió el oficio de su padre y, a sus 61, sigue trabajando de lunes a sábado con una meta sencilla: completar al menos siete boleadas al día para llevar dinero a casa y pagar los recibos.
A Eduardo no le gusta que le digan bolero. Lo aclara con una sonrisa, pero también con seriedad: él es lustrador de calzado.
Su pequeña bolería, ubicada en la esquina de las calles Rivas Guillén y David Herrera Jordán, tiene dos sillones, aunque solo utiliza uno porque trabaja solo.
Ahí recibe a quienes llegan con zapatos, chamarras, portafolios, bolsos o cualquier artículo de piel que necesite limpieza, pintura o una buena pulida.

Su jornada comienza alrededor de las 10 de la mañana y termina a las 7 de la tarde. En ese tiempo, Eduardo repite un procedimiento que conoce de memoria: primero quita el polvo con un cepillo, después limpia con jabón, seca, aplica tinta y grasa y termina con la pulida y el trapo.
El objetivo no es hacerlo rápido, sino hacerlo bien. Por eso bautizó su negocio como “Espéreme tantito”: si está atendiendo a alguien, el siguiente cliente sabe que tendrá que esperar.
“Mi trabajo para mí no es trabajo. Yo estoy jugando a hacer los zapatos nuevos”, dice.

Para Eduardo, esa es la diferencia entre cumplir con una obligación y dedicarse realmente a un oficio.
Cobra 40 pesos por una boleada y considera que no tiene sentido aumentar el precio solo porque el material le permita hacerlo.
Una lata de crema puede costarle esos mismos 40 pesos, pero le alcanza para varias boleadas. Su prioridad, explica, es que el cliente quede satisfecho y vuelva.
Por eso no necesita salir a buscar clientes. Algunos llevan tantos años visitándolo que terminaron envejeciendo junto con él.
Los conoció cuando todavía eran jóvenes y ahora hay quienes necesitan un pequeño escalón para subir al sillón.
Al terminar, algunos tienen que bajar de espaldas porque los años ya no les permiten hacerlo como antes. Eduardo lo cuenta sin dramatismo, como quien ha visto esa misma escena repetirse durante décadas.

En la esquina también le ha tocado atender a varios presidentes municipales. Entre ellos recuerda a Francisco Villarreal, quien en aquellos años llegó a sentarse frente a él para que le limpiara los zapatos.
Eduardo cobraba entonces 3 mil pesos de los antiguos y, aunque sabía perfectamente quién era su cliente, decidió cobrarle lo mismo que a cualquiera. Villarreal sacó su cartera y le pagó con 20 mil pesos. Para Eduardo, aquella boleada terminó siendo suficiente para sacar el gasto del día.
Hoy calcula sus ingresos de otra manera. Siete boleadas son su objetivo diario: con eso busca sacar “para la papita” y hacer frente a los recibos de agua, luz, gas, cable e internet.
Si llegan más clientes, son bienvenidos. Pero no trabaja pensando en llenar una cuota mayor, sino en hacer bien cada par que pasa por sus manos. “Los zapatos se van contentos, el cliente se va contento y yo me quedo contento”, resume.
Eduardo también observa desde su sillón cómo han cambiado las costumbres.
Le preocupa que algunos jóvenes ya no se interesen por limpiar sus propios zapatos y cuenta que en ocasiones son las madres quienes llegan con el calzado de sus hijos.
Para él, la presentación comienza por los zapatos.
También recuerda otras épocas, cuando aprendió de su padre no solo el oficio, sino una forma de trabajar basada en el respeto y la dedicación. Él, dice, nunca ha fumado ni tomado alcohol y atribuye parte de su buen estado a esos hábitos.
A las 7 de la tarde guarda sus cosas y emprende el regreso a Morelos 3, donde vive.
Al día siguiente volverá a la misma esquina y ocupará el mismo sillón. Quizá llegue un cliente nuevo, quizá aparezca alguno de los que llevan décadas visitándolo pero Eduardo seguirá con el cepillo, la tinta, la grasa y el trapo, haciendo lo que aprendió de su padre y que, después de 35 años, todavía llama una manera de jugar: tomar unos zapatos gastados y devolverlos a la calle como si fueran nuevos.

